Mucho antes de que el iPhone transformara la industria tecnológica y de que Apple se convirtiera en una de las compañías más influyentes del mundo, Steve Jobs había adoptado una práctica personal para evaluar si estaba dedicando su tiempo a lo que realmente consideraba importante.
El cofundador de Apple reveló ese hábito durante su recordado discurso de graduación en la Universidad de Stanford, pronunciado el 12 de junio de 2005.
Jobs contó que durante 33 años se miró cada mañana al espejo y se hacía esencialmente la misma pregunta: si ese fuera el último día de su vida, ¿querría hacer lo que tenía previsto hacer?
La respuesta no tenía que ser positiva todos los días.
Lo importante, según explicó, era detectar un patrón.
Cuando respondía “no” durante demasiadas jornadas consecutivas, interpretaba esa repetición como una señal de que necesitaba cambiar algo.
La reflexión no funcionaba como una fórmula empresarial ni como un método para garantizar el éxito.
Para Jobs era una herramienta para identificar cuándo las obligaciones, las expectativas externas o la rutina comenzaban a alejarlo de aquello que realmente consideraba importante.
El origen de esa forma de pensar se remontaba a su adolescencia.
Jobs recordó que alrededor de los 17 años leyó una frase relacionada con la idea de vivir cada jornada como si fuera la última.
La reflexión lo marcó profundamente y terminó acompañándolo durante buena parte de su vida adulta.
Décadas después, esa idea adquiriría un significado todavía más intenso debido a una experiencia personal.
Aproximadamente un año antes de su discurso en Stanford, Jobs recibió un diagnóstico de cáncer.
Según relató ante los estudiantes, una exploración detectó un tumor en su páncreas.
Inicialmente, los médicos pensaron que se trataba de una forma incurable de cáncer y le dijeron que probablemente tenía entre tres y seis meses de vida.
Jobs explicó que su médico le aconsejó regresar a casa y poner sus asuntos en orden.
Para él, esa recomendación significaba prepararse para decir en pocos meses todo aquello que había imaginado compartir con su familia durante los siguientes años.
La situación cambió después de una biopsia.
Los especialistas determinaron que padecía una forma poco frecuente de cáncer pancreático que podía tratarse mediante cirugía.
Jobs fue operado y, al momento de pronunciar el discurso de Stanford, aseguró que se encontraba recuperado.
Aquella experiencia transformó una idea que hasta entonces había sido principalmente filosófica en algo mucho más concreto.
Recordar que podía morir dejó de ser solamente una reflexión abstracta.
Jobs explicó que pensar en la mortalidad se había convertido en una herramienta para eliminar mentalmente muchas de las presiones que condicionan las decisiones.
El miedo al fracaso, la preocupación por las opiniones ajenas, el orgullo o la vergüenza perdían importancia cuando los comparaba con el hecho de que el tiempo era limitado.
Por eso, una de las ideas centrales de su discurso fue que las personas no deberían desperdiciar su vida intentando cumplir exclusivamente con las expectativas de otros.
Jobs pidió a los graduados evitar quedar atrapados en dogmas y no permitir que las opiniones externas silenciaran sus propias convicciones.
También relacionó esa idea con su trayectoria profesional.
En otra parte del discurso recordó cómo haber sido despedido de Apple, la empresa que él mismo había cofundado, terminó abriendo una etapa inesperadamente creativa de su vida.
Después de abandonar la compañía creó NeXT y participó en el desarrollo de Pixar.
Años más tarde, Apple adquirió NeXT y Jobs terminó regresando a la empresa que había ayudado a crear.
Para él, aquellas experiencias demostraban que algunas decisiones o fracasos solamente podían entenderse con claridad después de que había pasado el tiempo.
Jobs también habló sobre la importancia de encontrar un trabajo que generara una conexión personal auténtica.
Su mensaje no consistía simplemente en trabajar más horas o perseguir objetivos económicos.
Sostenía que una parte considerable de la vida estaría dedicada al trabajo y que, por esa razón, encontrar una actividad considerada significativa resultaba fundamental.
La conciencia sobre el paso del tiempo atravesó toda la última parte de su discurso.
Jobs describió la muerte como una parte inevitable de la vida y, al mismo tiempo, como un mecanismo de renovación entre generaciones.
Su intención no era presentar una visión pesimista, sino utilizar esa certeza como una forma de establecer prioridades.
En la práctica, su pregunta diaria funcionaba como una especie de alarma personal.
Un mal día no necesariamente significaba que todo estuviera equivocado.
Pero una sucesión prolongada de respuestas negativas podía indicar que había llegado el momento de reconsiderar decisiones, proyectos o prioridades.
Al final del discurso, Jobs recordó otra influencia importante de su juventud: “The Whole Earth Catalog”.
La publicación, creada por Stewart Brand a finales de los años 60, reunía herramientas, información e ideas y fue descrita por Jobs como una especie de antecedente impreso de los buscadores de internet.
En la última edición aparecía una fotografía de una carretera acompañada por una frase que Jobs había conservado durante años: “Stay hungry. Stay foolish”.
Esas palabras se convirtieron en el cierre de su intervención en Stanford y posteriormente en una de las frases más asociadas con su figura.
Steve Jobs murió en 2011, seis años después de aquel discurso.
Su intervención continúa circulando dos décadas después porque condensó en tres historias personales buena parte de la filosofía con la que él decía haber enfrentado decisiones importantes.
Entre todas ellas, la pregunta frente al espejo continúa siendo una de las más recordadas.
No prometía éxito, riqueza ni ausencia de errores.
Era mucho más sencilla: obligarse a comprobar, día tras día, si la vida que estaba construyendo seguía siendo aquella que realmente quería vivir.